Praga, las 10 de la mañana (IV y final)
La tarde se teñía de oscuridad, de café con nubarrones, y en el instante que dura un parpadeo la pude vislumbrar. Cruzaba la calle con indiferencia, esta vez vacía de toda carga, absorta de lo que la rodeaba. No tuve tiempo para reaccionar y la seguí con la vista hasta perderla. Me lancé en su búsqueda de nuevo doblando la esquina y la encontré, y tras esa visión me di de bruces con el suelo. Aparté la bicicleta tendida en la calle y me dirigí tras ella hasta el metro. Justo cuando reanudaba la marcha se cerraron sus puertas tras de mí.
Sin perder más tiempo que el necesario me propuse registrar el vagón. Sin éxito, estuve pendiente de todas las paradas, pero mi oportunidad se esfumó. Sin alternativa abandoné el metro en la última parada y antes de llegar a la salida me demandaron el ticket que no pude comprar al entrar en la estación. Cuando registré mis bolsillos intentando localizar mi cartera no la encontré; cuando desperté al día siguiente intentando convencerme de lo ocurrido no tuve otro remedio que aceptarlo. Sin documentación, sin dinero y con una razón para detenerme, lo que pasó fue inevitable.
Siendo alguien tan complejamente solitario, nadie supo dar dos duros por mí. Me busqué la vida al día siguiente tratando de recaudar dinero para mi regreso, y así continué haciéndolo los días sucesivos. Pese a mis complicaciones no cesé en mi búsqueda de la belleza de Praga. Y aquí estoy, son las 10 de la mañana en la Plaza Vieja. Me podrán ver cerca del restaurante con alegres colores rojizos en sus toldos. Suelo estar acompañado de dos borrachos que beben para olvidarse de que beben y que recitan como nadie parte del repertorio de Smetana.
Como les decía, me gano como puedo la vida, y sin echar de menos lo que fuí, intento acomodarme a mi nuevo estatus. Muchas de las almas perdidas que acostumbro a conocer me apodan el embrujado, y no admiten la idea de esa misteriosa mujer. Piensan sin embargo que es el influjo de Praga lo que me ha condenado aquí. Sea como sea, aún consigo verla cruzando calles, entrando en iglesias, sentada en un parque.
¿Y qué más da, me pregunto, si Praga tiene forma de mujer?
Sin perder más tiempo que el necesario me propuse registrar el vagón. Sin éxito, estuve pendiente de todas las paradas, pero mi oportunidad se esfumó. Sin alternativa abandoné el metro en la última parada y antes de llegar a la salida me demandaron el ticket que no pude comprar al entrar en la estación. Cuando registré mis bolsillos intentando localizar mi cartera no la encontré; cuando desperté al día siguiente intentando convencerme de lo ocurrido no tuve otro remedio que aceptarlo. Sin documentación, sin dinero y con una razón para detenerme, lo que pasó fue inevitable.
Siendo alguien tan complejamente solitario, nadie supo dar dos duros por mí. Me busqué la vida al día siguiente tratando de recaudar dinero para mi regreso, y así continué haciéndolo los días sucesivos. Pese a mis complicaciones no cesé en mi búsqueda de la belleza de Praga. Y aquí estoy, son las 10 de la mañana en la Plaza Vieja. Me podrán ver cerca del restaurante con alegres colores rojizos en sus toldos. Suelo estar acompañado de dos borrachos que beben para olvidarse de que beben y que recitan como nadie parte del repertorio de Smetana.
Como les decía, me gano como puedo la vida, y sin echar de menos lo que fuí, intento acomodarme a mi nuevo estatus. Muchas de las almas perdidas que acostumbro a conocer me apodan el embrujado, y no admiten la idea de esa misteriosa mujer. Piensan sin embargo que es el influjo de Praga lo que me ha condenado aquí. Sea como sea, aún consigo verla cruzando calles, entrando en iglesias, sentada en un parque.
¿Y qué más da, me pregunto, si Praga tiene forma de mujer?
fin

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