El último paciente (I)
Se dejó caer en el sillón con desgana. Faltaban apenas cinco minutos para abandonar la consulta y las últimas molestias en el pecho le recordaron su cita con el médico especialista a las ocho y media.
Mientras revisaba la agenda del día siguiente llamó su secretaria a la puerta.
-Ha llegado un paciente ahora mismo y no he podido persuadirle de que la consulta está a punto de cerrar y no tiene cita. Dice que es muy importante que hable con usted-. Su secretaria mostraba también interés en salir del trabajo ante la inminente llegada del fin de semana.
-No se preocupe, me ocuparé yo mismo de cerrar la consulta cuando termine. Puede irse, le deseo un buen fin de semana.
-Gracias doctor, de veras que se lo agradezco-. Su secretaria le obsequió con una amplia sonrisa y cerró suavemente la puerta tras de sí.

Resignado ante la inesperada visita, se deslizó entre el escritorio y la gran cortina que impedía el paso de los rayos de sol aquel día tan luminoso. Subió con delicadeza la persiana del ventanal principal, evitó con la soltura acostumbrada el diván y se dirigió a la sala de espera. Allí le esperaba un hombre de aspecto apacible. Era un hombre diminuto y su rasgo más destacable eran sus gafas cuadradas y desproporcionadas, que en vez de adornar su cara le infligían a su rostro un carácter misterioso y un tanto desconcertante.
Mientras revisaba la agenda del día siguiente llamó su secretaria a la puerta.
-Ha llegado un paciente ahora mismo y no he podido persuadirle de que la consulta está a punto de cerrar y no tiene cita. Dice que es muy importante que hable con usted-. Su secretaria mostraba también interés en salir del trabajo ante la inminente llegada del fin de semana.
-No se preocupe, me ocuparé yo mismo de cerrar la consulta cuando termine. Puede irse, le deseo un buen fin de semana.
-Gracias doctor, de veras que se lo agradezco-. Su secretaria le obsequió con una amplia sonrisa y cerró suavemente la puerta tras de sí.
Resignado ante la inesperada visita, se deslizó entre el escritorio y la gran cortina que impedía el paso de los rayos de sol aquel día tan luminoso. Subió con delicadeza la persiana del ventanal principal, evitó con la soltura acostumbrada el diván y se dirigió a la sala de espera. Allí le esperaba un hombre de aspecto apacible. Era un hombre diminuto y su rasgo más destacable eran sus gafas cuadradas y desproporcionadas, que en vez de adornar su cara le infligían a su rostro un carácter misterioso y un tanto desconcertante.
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