Praga, las 10 de la mañana (III)
Desperté después de que la noche aliviara por completo mi cansancio, pero que no borró de mi mente la visión de la enigmática praguense. Mi estancia en la ciudad ya no era la propia de la de un vulgar visitante, yo había viajado a Praga para conocerla, para tenerla, y mi misión era entonces encontrarla. Obsesionado por la labor que me aguardaba, me retiré del albergue con las pocas coronas que quedaban en mi moribundo monedero.
Sólo tenía una última oportunidad, a juzgar por mi lastimoso estado económico, de poder encontrarla antes de mi regreso. Por ello decidí regresar al lugar donde la descubrí, al viejo muro, al origen de la vorágine de los últimos días.
Envuelto en la lluvia que caía sobre la ciudad, empapado como nunca, atravesé las pocas callejuelas que conducían a mi destino. Inmerso en el silencio que describía aquel momento. deambulé por aquel lugar de bancos de madera y musgo en la piedra. Acompañando a mis pisadas creía respirar el asfalto apagado por la lluvia. Allí no había nadie salvo algún que otro despistado, aparte de una pandilla de niños que se entretenía con los charcos.
Sólo tenía una última oportunidad, a juzgar por mi lastimoso estado económico, de poder encontrarla antes de mi regreso. Por ello decidí regresar al lugar donde la descubrí, al viejo muro, al origen de la vorágine de los últimos días.
Envuelto en la lluvia que caía sobre la ciudad, empapado como nunca, atravesé las pocas callejuelas que conducían a mi destino. Inmerso en el silencio que describía aquel momento. deambulé por aquel lugar de bancos de madera y musgo en la piedra. Acompañando a mis pisadas creía respirar el asfalto apagado por la lluvia. Allí no había nadie salvo algún que otro despistado, aparte de una pandilla de niños que se entretenía con los charcos.
continuará...

0 Responses to "Praga, las 10 de la mañana (III)"
Publicar un comentario