Praga, las 10 de la mañana (II)

Mientras refrescaba el buche con una suave pilsen volví a verla, esta vez agobiada por el peso que suponía la carga de sus bártulos en pos, supuse, de un mejor lugar donde pasar la tarde. Sin dudarlo dejé el coste de mi consumición abandonado en la mesa y tras recoger un bolso cada vez más repleto crucé en cuestión de un instante la Plaza vieja. Esquivé hordas de viajeros siguiendo los paraguas de las guías, no me quise entretener con los músicos callejeros que abarrotaban el Puente de San Carlos y la seguí, decidido, entre la multitud.



A pesar del peso de los cachivaches que llevaba consigo, se deslizaba entre la gente como un fantasma con enorme facilidad, me costaba mantener su paso y a duras penas conseguía no perder de vista aquel pañuelo descolorido que envolvía los rizos morenos. Se detuvo frente a un compañero de oficio, yo tomé aliento y me pregunté por qué demonios me encontraba persiguiendo de esa forma a aquella desconocida. Mientras buscaba la respuesta en mi convulsa cabeza, advertí que ella ya no estaba. El desánimo del momento, unido a lo estúpido de aquella empresa, hizo que deshiciera el camino rumbo al albergue donde tenía previsto pasar aquella noche.

continuará

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