El último paciente (IV)



De un respingo el doctor Gámez ocupó el lugar más alto de su sillón.

-¿Usted ha soñado con su propia muerte?.
-Sí doctor, y lo peor de todo es que además de soñarlo cada noche, mi muerte se produce cada vez de manera muy distinta.
-No lo entiendo.
-Mire..., hay veces en que muero por accidente de tráfico. Otras veces se trata de una muerte por arma blanca en un atraco, e incluso de un fatídico golpe en la ducha. Lo que se mantiene inmutable, lo que es constante, es que irremediablemente sueño cada noche una muerte diferente-le espetó el paciente con total naturalidad.
-Pero eso no es posible, no es humano quiero decir-, le replicó el doctor.
-Simplemente le cuento lo que me ocurre y sinceramente doctor, necesito ayuda. Necesito una solución a mi problema, no puedo seguir así más tiempo sin que me vuelva loco de forma irreversible.
-Le entiendo, y de verdad que me intento poner en su lugar y no sé qué decir-. Gámez, doctor por una prestigiosa universidad y especialista en la interpretación de sueños, nunca se había enfrentado a un caso clínico de tal calibre.

Cuando su último paciente abandonó la consulta era demasiado tarde para acudir a su cita. Recogió sus bártulos en su ya arrugado maletín y se aseguró de cerrar bien la puerta como le aseguró a su secretaria. Tardaría veinte minutos en llegar a su casa y anhelaba pasar aquella noche con su mujer y sus hijos. Antes de arrancar el coche se prometió ayudar a aquel desconcertante personaje. Aquel que era capaz de soportar el terrible calvario de presenciar su propia muerte cada noche y prolongar la vigilia hasta la extenuación.

-Fue una visita difícil de olvidar-, pensó , y puso en marcha su coche deseando llegar a casa.

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